martes, 10 de octubre de 2017

Si al menos supiera...

... que estaría bien en cualquier circunstancia, pase lo que pase, contigo o sin ti.

Acepto con resignación lo que hay, lo que viene, lo que me ofrecen y lo que me quitan. Y me apuro en hacer lo inmediato antes de no poder. Disimulo el mal olor de lo que se pudre, y no atiendo a ruidos externos. Así tiro y así persisto. Buscando la esperanza en cualquier trivialidad. "La pequeña Graná", la maleta, el whasapp, la lista de la compra y cuatro fotos. No me animo a perseguir quimeras a pesar de la cercanía. A merced de lo que disponga la vida, me refugio en lo poco que tengo esforzándome muy mucho en no necesitar nada más que mi propia compañía.

...Estar bien, genial, fantástica y ser amada incluso en cualquier circunstancia, pase lo que pase, contigo o sin ti.

Alanis Morissette "That I would be good"


jueves, 5 de octubre de 2017

Sin conexión

Aplicable a tantas cosas...
Igual si duermo reconecto (al menos conmigo misma).
¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo va todo? Bien. Avanzando. Adaptándome. Manteniéndome lo más firme que puedo.
Sí... ya sé que no es fácil; sí, ya sé que no estoy sola; sí, todo saldrá bien.
Pero hay que ubicarse. Es un proceso. Hacer lo que he venido a hacer. No esperar nada de nadie. No agarrarme a la felicidad pasajera, incierta, dudosa. Aguantar el nudo en el pecho cuando se ve venir lo que acabará llegando (aunque nunca se está preparada).
Quizá algún día me sienta más libre, y tenga ganas de hacer de comer, y de comer, y de ampliar el mapa y sus habitantes. Quizá un día de estos no necesite más que una ventana (o dos), y el mate a mano y un cigarro de vez en cuando. Y que mi cama sea ésta, y que mi bar esté abajo, y que el tiempo libre no sea destructivo.
Y está el miedo. Miedo a la soledad, miedo a que me venza la desidia, miedo a necesitar lo que no puedo tener y, sobre todo, miedo a sentirme tan al filo del barranco de la tristeza.
Miedo a no bastarme. A compartir lunas vacías de respuesta. Al portazo de despedida. A la falta de "tacto". Una memoria sensorial que amenaza con herir. O que la misma calle que una vez me colmó de alegría, ahora me llore desconsolada.
Encontrarme entre tanto bullicio. Ser yo. Hacer lo que me gusta. Que no se noten las distancias. Que ser pequeña dure poco. Una identidad.
No tener que pedir nada, no mendigar afecto, no aceptar limosnas por compañías.
Hacer el pequeño esfuerzo de calzarme y salir a respirar cuando apriete el aburrimiento. Y seguir sacando la mejor sonrisa (a veces forzada) para no dar explicaciones, para no mostrarme vulnerable, para ser esa idea de mí que no siempre soy.
Esperando un rescate entre aguas saladas y generando lo que puedo para que eso ocurra.
Sin mí no soy nada...

jueves, 7 de septiembre de 2017

Despedidas

Hay despedidas que se hacen desde dentro, sin que nadie más lo sepa. Te despides de un recuerdo (o de mil), de aquel olor que drogaba, de una esperanza abierta como una flor que ahora se repliega sobre sí misma por falta de agua y de luz. Te despides de lo que fuiste sin dejar de ser lo que eres, y encuentras en otros las palabras que a ti no te salen. Entonces te llamas cobarde, y te despides de esa cobardía que te mantenía a salvo para descubrir el pecho y gritar con furia "Aquí estoy. Ya me has encontrado. Ataca". Y tiemblas de dolor, del dolor que te espera, pero dejarás de llamarte cobarde, y ganarás aunque te maten. La lucha es personal, es con una misma; te ganas o te pierdes.
Cuando somos gorriones moribundos en manos de otros no se puede esperar. Devuélvelo a la vida o estrújalo y que muera, pero no lo sostengas en las manos, mirándolo con lástima, agonizando. No me conformo con las migajas que te sobran; me insultas. Y cuando llegas a ese todo o nada, yo lo elijo todo. Nunca me gustaron las cosas a medias. Pero si el todo está partido, sin vida, sin corazón... elijo la nada. Ahí donde reside la calma y no se desboca la sangre, donde los sueños no pervierten y el teléfono no suena, ni domina, ni decide. La nada plena y silenciosa como un retiro para lamerte las heridas, y escupir el veneno ingerido y salvarte por fin.
Y te sigues despidiendo.
Te despides de aquella primera impresión, de aquel primer contacto, de aquella primera despedida. Y aparece la voz ("te lo advertí"). Soy sensata pero no ejerzo. La sensatez me hubiera robado mil momentos, momentos de los que ahora no podría despedirme si le hubiera hecho caso. Momentos que atesoro por lo que significaron, por lo que encendieron y por lo que consiguieron elevar. Momentos en los que te abandonas al azar de la vida y te dejas absorber por ellos. Te dejas arrastrar a ese terreno desconocido que parece cálido, que se respira bien, que ya está habitado. Ahí, donde quieres quedarte a dormir. Ahí, donde no hace falta hablar para que te entiendan. Ahí, donde puedes vivir plenamente o morir desangrada.
Pero es más difícil aún despedirte de lo que no ha ocurrido. Te despides de escenas ficticias, de imágenes falsas, de ideas y planes y de los "algún día". Apagas la máquina que da cuerda a tu cabeza y a tu corazón. Desconectas. Te esfuerzas en no cerrar los ojos. Te desplomas frente al televisor en el intento de desviar los pensamientos y no alimentar la imaginación. Y preparas lo poco que queda de ti para recibir el último golpe, el que le brinde sentido a todo, el que te dé la razón aunque no la quieras.
Y en esta despedida interna cambio de rumbo y espero, sin desesperar, que las ventanas que me abras sean mejores que la puerta que me cierras.


                             

I could spend my life in this sweet surrender
I could stay lost in this moment forever (...)

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Intensidad

¿Qué se gana y qué se pierde siendo intensos? "Vive la vida intensamente", "Sigue tus sueños más intensos"... Se leen cosas así por todas partes. Te animan a ser una persona "intensa". Pero la intensidad tiene su lado oscuro: puedes ser (o estar) intensamente feliz pero también intensamente triste, o intensamente enfadada o intensamente dolida. No somos intensos para lo bueno sin serlo para lo malo. Otra cosa es intentar controlar la intensidad (en lo malo, claro). La última escena (mal) apasionada que viví me llevó a pelearme con uno de mis mejores amigos. Porque si se juntan dos tempestades todo explota. Yo soy intensa, y él también y ahí acaba todo. Por suerte, las tempestades terminan pasando y llega la calma, y en esa calma se puede volver a hablar, y llega un punto en el que sabes que no vale la pena encabronarse, pero eso llega con el tiempo. A él no le perdonaré jamás el arrebato que tuvo, implicando a tanta gente y poniendo en peligro (y en vergüenza) mi trabajo, sobre todo porque no se ha disculpado ni lo hará, pero lo que me llevo de aquello es que perder la compostura te deja en el más absoluto ridículo y entre gritos se pierde la razón por completo y la gente deja de escucharte. Y aunque le pasara a él, sé que yo soy de la misma condición y me puede pasar a mí (de hecho ya me ha pasado a lo largo de los años).
Está bien ser apasionada, no es algo que yo quiera cambiar de mí, pero las malas pasiones envenenan. Ningún extremo es bueno. No es bueno ser excesivamente intensa como no lo es ser excesivamente moderada, ni excesivamente frívola, ni excesivamente trascendente. Y al final, todo se reduce a ser lo que somos pero teniendo conciencia de lo que no mola tanto para intentar, al menos, controlarlo. Eso es trabajo de cada uno y el de los otros es aceptarte como eres. Pero si no somos capaces de ver nuestros propios defectos, o los vemos pero nos da igual "porque así soy yo", entonces hay poco que hacer.
Nadie es tan bueno ni tan malo, y defectos y virtudes tenemos todos, pero no siempre se complementan con los demás. Física y química. No hay más. Y es una combinación tan delicada, tan azarosa, tan improbable que cuando se da hay que aprovecharla. Es magia, y la magia no la sabe vivir todo el mundo. Por eso, pase lo que pase en mis relaciones humanas, me quedo con la bueno, con la conexión inexplicable, con la magia... y lo que hagan los demás es su decisión. Unos te regalan flores y palabras de amor, otros te dan paz, o se deshacen contigo, o te ayudan en la sombra, o te hacen reír. 
Me quedaré con eso cuando aparezcan los "peros", los "es que..." y los "así son las cosas". Parece que luchar ya no se estila, pero yo soy luchadora, y por mi parte lucharé. 
Cerrada una etapa de rock y playa que me ha salvado del completo aburrimiento este verano, ahora toca recomponerlo todo y cumplir con los últimos compromisos que me atan a Granada. Después me voy al agujero negro de Madrid con la sensación de soledad ya incorporada. Con el presentimiento de no encontrar ese refugio por más que haya un techo sobre mi cabeza. Y con todo el miedo del mundo a que me gane la tristeza. Mi intensidad me lleva a imaginarme lo mejor, y volar y ser feliz, pero también me lleva a imaginar lo peor. Y seguro que nada será ni tan bueno ni tan malo, pero no puedo evitar pensar en todo: ¿Y si no encuentro trabajo? ¿Y si no me puedo mantener? ¿Y si el rechazo me gana? ¿Y si me siento más lejos de lo que estoy ahora? Nunca se está preparada para lo peor, por más que lo imagines y por más pesadillas que tengas. La realidad siempre golpea más fuerte. Y hay palabras (y silencios) que matan.

viernes, 25 de agosto de 2017

Tanto, tanto ruido

Cuando visualizas una realidad que no llega, y pasan los días y ves que va faltando poco para todo eso que querías, caes en una especie de pozo imaginario del que ya ni siquiera te apetece salir (I fell in the piiiit). Comodidad. Comodidad triste y solitaria, pero comodidad. Y te preguntas si vale la pena hacer ciertas cosas, levantar el teléfono, salir a la calle, buscar... No hay ganas ni motivación para cambiar de postura. Y tampoco hay fuerzas para pedir explicaciones, ni para enfadarse, ni para estar alegre. Te retiras del juego, como otros han hecho (quizá en defensa propia) y aceptas sin más que tú no decides, ni eliges, ni pinchas, ni cortas. Cada uno en su camino, cada uno en su película y cada uno con sus razones (válidas o no).

Llevo todo el mes de agosto acumulando palos; uno detrás de otro. Y son palos porque vienen de quien no los esperas. Lo jodido es que nadie pide perdón, nadie se preocupa por arreglar nada, por darte la razón sabiendo que la tienes, nadie te dice "vamos a hablarlo por lo menos". No, se encierran en su orgullo de mierda creyendo que las cosas son como ellos las ven. No hay más opiniones ni vale la pena preguntar, pedir una explicación o simplemente escuchar las razones y valorarlas antes de pasar de todo; antes de pasar de mí. Cuando yo veo que ocurre algo raro, pregunto. No doy nada por hecho sin más. Y si me he equivocado, soy la primera en reconocerlo y pedir disculpas. Pero cuando me la hacen a mí, la actitud general es pasar de todo y dejar que se arregle solo, si es que se tiene que arreglar. Evidentemente, no tengo ningún interés en arreglar nada con quien no lo merece, pero con todo, basta que se dirijan a mí con la intención de que la situación mejore para que haga borrón y cuenta nueva. Quizá sea esperar demasiado que la gente te tenga en consideración, pero una tiende a tratar como le gustaría ser tratada, y es frustrante la falta de reciprocidad. Todavía, con gente que no conoces a penas, puede joder pero te da más igual. Pero cuando se trata de gente cercana, me resulta incomprensible la desconsideración. Y mi queja, y mi agobio, y mi impotencia es siempre por lo mismo: por qué si yo sí, tú no. Y no sé quién me dijo que nunca deje de ser así. Que no haga nada esperando el mismo trato sino que lo haga porque yo soy así y el que no sepa devolverlo es que no me merece, y todas esas huevadas que intentan subirte la autoestima. Eso está muy bien, y es lo que hago porque soy así y no hay más, pero también tengo mi orgullo y me lo hieren tanto que una desearía sacar la frivolidad de alguna parte y ser de vez en cuando la que pasa de todo, la que nada le afecta... Me seguirán pasando estas cosas hasta que aprenda el valor de la negación, y el no intentar satisfacer siempre a todo el mundo. Y sufriré mil calamidades, pero prefiero una conciencia limpia que cualquier reconocimiento ajeno. Hay quien merece palabras duras y me las he callado para no herir, para que todo se mantenga en paz y sin embargo no ha habido paz y he acabado herida yo. Se repite siempre. La vida te pone en las mismas situaciones una y otra vez hasta que aprendes a encararlas. No te deja pasar de curso con una asignatura pendiente, así que seguimos empollando para la repesca.

Se hace aún más duro cuando hay sentimientos de por medio. Ya no solo te mosquea la actitud sino que te hace daño de verdad. Pero sigue siendo un tema tabú, en mi caso, hablar de sentimientos, y por esa razón los reprimo, para no hablar de ellos. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay que decir las cosas, yo la primera, pero hay casos en los que no es así. Casos muy concretos. Últimamente he escuchado tanto la palabra reproche que ya no me atrevo a explicar ciertas cosas. Cuando la frustración viene de algo que esperas y no llega, decirlo es un reproche que en nada cambia la situación. Y las cosas no sólo se dicen con palabras. Me calle o grite, tengo la fea sensación de haber perdido algo en el camino estos días, y ya poco importa un último esfuerzo.

Si quieres un león y lo que encuentras es un gato, o aceptas al gato o sigues buscando al león, pero esperar que el gato se convierta en león sólo te va a frustrar. Y regañarle por no serlo es absurdo. 

Parece que las temperaturas querían bajar, nublarse un poquito, incluso llover. No estaría mal que eso ocurriera este fin de semana. Que el agua limpie el sudor de la resaca de este verano agotador que tantas lecciones desaprendidas ha traído. Tanto de todo y tanto de nada que, a veces, sólo me apetece estar sola y en silencio, y que el ruido de la calle y de mi cabeza no sea más que una banda sonora que entorpece pero no daña. Y desayunar así, mirando a Miki sobre la mesa que mira a Luna mirando mi tostada, y que este triángulo de miradas sólo lo interrumpa el aleteo de Robin en su jaula. Y nada más. El silencio se aprecia sobre manera cuando durante un largo tiempo sólo ha habido ruido.

Ruido mentiroso
Ruido entrometido
Ruido escandaloso
Silencioso ruido
Ruido acomplejado 
Ruido introvertido
Ruido del pasado
Descastado ruido
Ruido de conjuros
Ruido malnacido
Ruido tan oscuro
Puro y duro ruido
Ruido qué me has hecho
Ruido yo no he sido
Ruido insatisfecho
Ruido a qué has venido
Ruidos como sables
Ruido enloquecido
Ruido intolerable
Ruido incomprendido
(...)

J.S.

sábado, 29 de julio de 2017

Cada uno en su lugar

Este verano será de los que recuerde con el tiempo. Un verano activo, sin tiempo para el aburrimiento, con planes compartidos, con sus dosis de adrenalina, con sus noches en El Caracolo, y sus series y sus whatsapps. Y echaré tanto de menos todo... sacar a Luna por las noches, que Miki me despierte por las mañanas, que Willy me escriba "Feel like a beer? Estoy abajo", que Jose me salude a voz en grito cuando paso por la puerta del bar, andar en bragas por la casa, tener toda la ciudad frente a mis ojos... las pequeñas cosas; eso es lo que más se extraña al final. Madrid será mi oficina y mi dormitorio, pero mi casa está en La Chana y mi familia es granadina. Una familia de extraños que sólo ves de vez en cuando y te dicen que te quieren y tienen tus recortes de periódico colgados con orgullo en su bar. Y los que están más cerca y te desean sólo cosas buenas y les haces falta en cierto modo. Y los que trabajan contigo codo con codo, y los que te llevan y te traen y comparten cotidianidad, y los que están en Motril y los que observan desde alguna estrella. En Madrid tengo sueños; en Granada realidades. Pensar en lo que vendrá sólo me crea un sentimiento de ansiedad innecesario. Pero no puedo evitar echarme a temblar con lo que se me viene encima próximamente: intensivos con Jalea, findes en Microteatro Málaga, conciertos, mudanza, ensayos en Madrid... y todo junto, todo en septiembre. Según mis esquemas, debería salir bien, pero agobia pensar en ello.

Por otro lado, no extrañaré las cutreces de tanto impresentable que anda suelto por aquí, que se creen los reyes del mambo por alguna inexplicable razón y no son más que un montón de mierda con dinero de papá. Los que intentan quedar por encima creyendo que así te hacen algún tipo de guarrada "que te mereces", sin saber que lo único que van a recibir a cambio es toda esa maldad multiplicada. Por mi parte, aún subiéndome por las paredes y lanzando maldiciones telepáticas, he tratado de mantener la calma y pensar con la cabeza fría, única forma de salir airosa y cobrar por fin mi dinero. Y eso, por más que escupan bilis, es así y se lo tienen que tragar. Se me pasan mil maldades por la cabeza, pero si al final consigo lo que es mío, no vale la pena hacerse mala sangre, a pesar de las malas contestaciones, del intento de robo y del desprecio. Es mejor respirar y dejar que la vida se encargue... ella es mucho más cruel de lo que yo pueda llegar a ser en un momento de rabia.
Esto no quita que en Madrid no me vaya a encontrar los mismo problemas, seguro que sí, pero está bien cambiar de aires y de cabrones, por variar más que nada...

Puede que me torture demasiado con banalidades que sólo me afectan porque yo dejo que me afecten (cosa difícil de cambiar porque lo llevo en el ADN), pero cuando dejo reposar las cosas las acabo viendo con una clarividencia que hasta me sorprende. Digamos que me hace más daño mi reacción (o mi falta de reacción, para ser justos) ante algo que me hacen, que la acción en sí. Pero la única forma de no acabar peor, es pararme a pensar. Si actúo en caliente, pierdo los papeles, y si no lo hago, estoy reprimiendo un instinto natural que es lo que me provoca el malestar posterior. Mi lucha constante desde que era una niña ha sido buscar el término medio en esto, pero a día de hoy sigo sin encontrarlo. Soy así de extrema, y entre un extremo y otro, casi mejor reaccionar en frío, aunque me chupe un par de días de bajón, que actuar en caliente y que me metan en la cárcel (o cosas peores).

Una ya tiene sus propias movidas como para andar acumulando las que te generan los demás. Trabajar para mí misma es todavía más jodido a veces. La aceptación de tantas cosas que odio y que, sin embargo, forman parte de mí es el nuevo reto personal al que me enfrento y que sólo superaré cuando me vea en el hormiguero madrileño, rodeada de lo que nunca seré, y entienda que como yo tampoco hay otra, y que eso sea algo a explotar. Mirar con el ojo ajeno lo que yo me niego a ver y, por una vez, mandar a la mierda tanta autoexigencia y tanto perfeccionismo (sólo por esta vez). En lo demás, sigo trabajando para ser mejor y poder demostrarle a mucha gente, empezando por mí misma, que se llega a donde se tiene que llegar, ni más arriba ni más abajo; llegas a tu lugar. Y cada uno ocupará el suyo.

sábado, 15 de julio de 2017

Desde mis ojos

Siempre he sido una persona muy autoexigente; demasiado seguramente. Con los años, eso no ha cambiado sino que ha ido en aumento. En una justa medida debe ser una virtud, pero en grandes dosis se convierte en algo obsesivo muy lejos de ser bueno, al menos para una misma. Si la autoexigencia desmedida la unimos a una inevitable inseguridad innata, complejos y autocrítica, el resultado soy yo misma. Lo curioso de todo esto es que desde fuera no se nota, o no se le da importancia. A veces, incluso, se percibe todo lo contrario. Pero desde mi perspectiva, la realidad es otra, es la que me afecta a mí y la que, para bien o para mal, me define, me limita, me empuja, me endiosa o me destruye. Y sé que el problema es mío cuando desde fuera creen en mí, me felicitan por algo o quieren trabajar conmigo, mientras yo pienso que se puede mejorar, que no es para tanto, que hay mil fallos o que directamente es una mierda. Exagero casi siempre pero se acerca a “mi realidad”. Y tal vez lo que ven mis ojos no es más que el reflejo de mi propia inseguridad y sean los demás quienes están en lo cierto, pero no sirve si no lo veo yo. Quizás tenga que ver con mi (también inevitable) nivel de inconformismo. Si algo sale bien quiero que salga mejor, y cuando salga mejor querré que salga perfecto. En definitiva, nunca estaré del todo contenta.
Ayer me mandaron por privado el link para ver el corto que rodamos en Jaén. La directora me escribió para felicitarme efusivamente por el resultado de mi interpretación, que estaba encantada con mi trabajo y que durante el rodaje se llegó a emocionar conmigo. Después de ver el corto, o mejor dicho, después de verme a mí misma, no podía entender sus palabras. Está bien, pero no es para tanto. De hecho yo no me gusto en absoluto. Ya no a nivel interpretativo, que por ahí no está tan mal, pero hay algo en mí que no me gusta.
Algo parecido me ocurrió el lunes pasado durante el concierto en Salobreña. Todo salió bien pero ya había salido bien el lunes anterior, y yo ahora quería que saliera mejor. Exigirme internamente eso hizo que me pusiera más nerviosa de lo habitual y que no disfrutara como la otra vez. Y desde fuera lo de siempre, todo bien. Pero yo no estaba del todo satisfecha. Especialmente porque vinieron mis padres y mi hermano a vernos y quería que realmente se sorprendieran, que por una vez se sintieran orgullosos de su oveja descarriada. Pero nunca es suficiente. “Está bien” fueron sus palabras, nada demasiado efusivo. Nunca han sido personas muy demostrativas en realidad, pero mi padre se emociona más cuando gana el Madrid o mi madre cuando ve al cristo de la salud, y quizá nada de lo que yo haga esté a esa altura. Y cuando pienso esto, me alegro de haber escogido mi propio camino en contra de su voluntad, incluso aunque no les emocione, incluso con su “no está mal”, pero por dentro, por dentro de mí, se queda una espina clavada a la que intento no dar importancia, pero que está ahí. 
Sí me vanaglorio de ser persona resolutiva, y sé que encontraré la forma de “quererme más”, especialmente porque sé dónde residen los problemas y complejos y tengo claro cómo solucionarlos. Pero no se hace de un día para otro, por desgracia, así que mientras tanto tendré que lidiar con lo que "es" y no torturarme con el “quiero más”. Dejar que lo que hay sea suficiente para seguir adelante y tratar de creerme un poco a los demás, y que su visión positiva opaque la negatividad de la mía. Al menos hasta que yo pueda ver por mí misma lo que ellos ven.