sábado, 29 de julio de 2017

Cada uno en su lugar

Este verano será de los que recuerde con el tiempo. Un verano activo, sin tiempo para el aburrimiento, con planes compartidos, con sus dosis de adrenalina, con sus noches en El Caracolo, y sus series y sus whatsapps. Y echaré tanto de menos todo... sacar a Luna por las noches, que Miki me despierte por las mañanas, que Willy me escriba "Feel like a beer? Estoy abajo", que Jose me salude a voz en grito cuando paso por la puerta del bar, andar en bragas por la casa, tener toda la ciudad frente a mis ojos... las pequeñas cosas; eso es lo que más se extraña al final. Madrid será mi oficina y mi dormitorio, pero mi casa está en La Chana y mi familia es granadina. Una familia de extraños que sólo ves de vez en cuando y te dicen que te quieren y tienen tus recortes de periódico colgados con orgullo en su bar. Y los que están más cerca y te desean sólo cosas buenas y les haces falta en cierto modo. Y los que trabajan contigo codo con codo, y los que te llevan y te traen y comparten cotidianidad, y los que están en Motril y los que observan desde alguna estrella. En Madrid tengo sueños; en Granada realidades. Pensar en lo que vendrá sólo me crea un sentimiento de ansiedad innecesario. Pero no puedo evitar echarme a temblar con lo que se me viene encima próximamente: intensivos con Jalea, findes en Microteatro Málaga, conciertos, mudanza, ensayos en Madrid... y todo junto, todo en septiembre. Según mis esquemas, debería salir bien, pero agobia pensar en ello.

Por otro lado, no extrañaré las cutreces de tanto impresentable que anda suelto por aquí, que se creen los reyes del mambo por alguna inexplicable razón y no son más que un montón de mierda con dinero de papá. Los que intentan quedar por encima creyendo que así te hacen algún tipo de guarrada "que te mereces", sin saber que lo único que van a recibir a cambio es toda esa maldad multiplicada. Por mi parte, aún subiéndome por las paredes y lanzando maldiciones telepáticas, he tratado de mantener la calma y pensar con la cabeza fría, única forma de salir airosa y cobrar por fin mi dinero. Y eso, por más que escupan bilis, es así y se lo tienen que tragar. Se me pasan mil maldades por la cabeza, pero si al final consigo lo que es mío, no vale la pena hacerse mala sangre, a pesar de las malas contestaciones, del intento de robo y del desprecio. Es mejor respirar y dejar que la vida se encargue... ella es mucho más cruel de lo que yo pueda llegar a ser en un momento de rabia.
Esto no quita que en Madrid no me vaya a encontrar los mismo problemas, seguro que sí, pero está bien cambiar de aires y de cabrones, por variar más que nada...

Puede que me torture demasiado con banalidades que sólo me afectan porque yo dejo que me afecten (cosa difícil de cambiar porque lo llevo en el ADN), pero cuando dejo reposar las cosas las acabo viendo con una clarividencia que hasta me sorprende. Digamos que me hace más daño mi reacción (o mi falta de reacción, para ser justos) ante algo que me hacen, que la acción en sí. Pero la única forma de no acabar peor, es pararme a pensar. Si actúo en caliente, pierdo los papeles, y si no lo hago, estoy reprimiendo un instinto natural que es lo que me provoca el malestar posterior. Mi lucha constante desde que era una niña ha sido buscar el término medio en esto, pero a día de hoy sigo sin encontrarlo. Soy así de extrema, y entre un extremo y otro, casi mejor reaccionar en frío, aunque me chupe un par de días de bajón, que actuar en caliente y que me metan en la cárcel (o cosas peores).

Una ya tiene sus propias movidas como para andar acumulando las que te generan los demás. Trabajar para mí misma es todavía más jodido a veces. La aceptación de tantas cosas que odio y que, sin embargo, forman parte de mí es el nuevo reto personal al que me enfrento y que sólo superaré cuando me vea en el hormiguero madrileño, rodeada de lo que nunca seré, y entienda que como yo tampoco hay otra, y que eso sea algo a explotar. Mirar con el ojo ajeno lo que yo me niego a ver y, por una vez, mandar a la mierda tanta autoexigencia y tanto perfeccionismo (sólo por esta vez). En lo demás, sigo trabajando para ser mejor y poder demostrarle a mucha gente, empezando por mí misma, que se llega a donde se tiene que llegar, ni más arriba ni más abajo; llegas a tu lugar. Y cada uno ocupará el suyo.

sábado, 15 de julio de 2017

Desde mis ojos

Siempre he sido una persona muy autoexigente; demasiado seguramente. Con los años, eso no ha cambiado sino que ha ido en aumento. En una justa medida debe ser una virtud, pero en grandes dosis se convierte en algo obsesivo muy lejos de ser bueno, al menos para una misma. Si la autoexigencia desmedida la unimos a una inevitable inseguridad innata, complejos y autocrítica, el resultado soy yo misma. Lo curioso de todo esto es que desde fuera no se nota, o no se le da importancia. A veces, incluso, se percibe todo lo contrario. Pero desde mi perspectiva, la realidad es otra, es la que me afecta a mí y la que, para bien o para mal, me define, me limita, me empuja, me endiosa o me destruye. Y sé que el problema es mío cuando desde fuera creen en mí, me felicitan por algo o quieren trabajar conmigo, mientras yo pienso que se puede mejorar, que no es para tanto, que hay mil fallos o que directamente es una mierda. Exagero casi siempre pero se acerca a “mi realidad”. Y tal vez lo que ven mis ojos no es más que el reflejo de mi propia inseguridad y sean los demás quienes están en lo cierto, pero no sirve si no lo veo yo. Quizás tenga que ver con mi (también inevitable) nivel de inconformismo. Si algo sale bien quiero que salga mejor, y cuando salga mejor querré que salga perfecto. En definitiva, nunca estaré del todo contenta.
Ayer me mandaron por privado el link para ver el corto que rodamos en Jaén. La directora me escribió para felicitarme efusivamente por el resultado de mi interpretación, que estaba encantada con mi trabajo y que durante el rodaje se llegó a emocionar conmigo. Después de ver el corto, o mejor dicho, después de verme a mí misma, no podía entender sus palabras. Está bien, pero no es para tanto. De hecho yo no me gusto en absoluto. Ya no a nivel interpretativo, que por ahí no está tan mal, pero hay algo en mí que no me gusta.
Algo parecido me ocurrió el lunes pasado durante el concierto en Salobreña. Todo salió bien pero ya había salido bien el lunes anterior, y yo ahora quería que saliera mejor. Exigirme internamente eso hizo que me pusiera más nerviosa de lo habitual y que no disfrutara como la otra vez. Y desde fuera lo de siempre, todo bien. Pero yo no estaba del todo satisfecha. Especialmente porque vinieron mis padres y mi hermano a vernos y quería que realmente se sorprendieran, que por una vez se sintieran orgullosos de su oveja descarriada. Pero nunca es suficiente. “Está bien” fueron sus palabras, nada demasiado efusivo. Nunca han sido personas muy demostrativas en realidad, pero mi padre se emociona más cuando gana el Madrid o mi madre cuando ve al cristo de la salud, y quizá nada de lo que yo haga esté a esa altura. Y cuando pienso esto, me alegro de haber escogido mi propio camino en contra de su voluntad, incluso aunque no les emocione, incluso con su “no está mal”, pero por dentro, por dentro de mí, se queda una espina clavada a la que intento no dar importancia, pero que está ahí. 
Sí me vanaglorio de ser persona resolutiva, y sé que encontraré la forma de “quererme más”, especialmente porque sé dónde residen los problemas y complejos y tengo claro cómo solucionarlos. Pero no se hace de un día para otro, por desgracia, así que mientras tanto tendré que lidiar con lo que "es" y no torturarme con el “quiero más”. Dejar que lo que hay sea suficiente para seguir adelante y tratar de creerme un poco a los demás, y que su visión positiva opaque la negatividad de la mía. Al menos hasta que yo pueda ver por mí misma lo que ellos ven.  

jueves, 6 de julio de 2017

Se hace camino al andar

El alto grado de estrés mantenido durante las últimas semanas parece haber traído bendiciones disfrazadas. Cuando pensaba que estaba todo hecho un caos a mi alrededor (de hecho lo estaba) se fueron acomodando las cosas casi sin darme cuenta y contra todo pronóstico. Aunque sé que nada ha ocurrido por arte de magia sino por haber estado encima, insistiendo, generando, arriesgando... haciendo que pase, al fin. Es como si la vida me estuviera recompensando todo el esfuerzo invertido, como un premio a eso de"echarle huevos".
En mi última visita a Madrid estuve mirando algunos pisos. Volví saturada por tanto inconveniente: el piso que se ajusta a mi precio no tiene una sola ventana en toda la casa, el que está en una zona buena se me va de precio, el que puedo pagar está a tomar por culo... todos fallaban en algo. Cuando llegué a Granada me encontré nuevos problemas. Nos habían contratado para tocar todos los lunes del verano en el Restaurante El Peñón de Salobreña con The Happy Fish, pero resultó que Stik no podía hacer esos bolos porque estaría fuera en verano, y decidimos buscar otro pianista para sustituirlo. El primer bolo era el 3 de julio y ni el nuevo pianista ni Willy podían ensayar lo necesario para hacerlo bien, así que le pedí el favor a Stik (que para ése sí estaba aquí todavía) y me dijo que no le venía bien. Como ya había previsto esto, porque conozco a los bueyes, estuve ensayando unos días antes un repertorio de canciones rock con Mario Ojeda y Lolo Casas a las guitarras, y se me ocurrió meter también a Nano Ramos a la percusión porque aquello empezaba a sonar muy bien. No estábamos preparados para tocar el día 3, o al menos ese era mi pensamiento, pero los chicos me insistieron, ensayamos de forma intensiva durante dos días, y gracias a que son tres máquinas, el repertorio quedó armado y perfecto. En cualquier caso, YO no estaba preparada y estuve a punto de pasarle la fecha a otro grupo para que nos sustituyera. Al final, no lo hice. Le eché huevos. Me estudié las canciones en una noche, me dejé convencer por los chicos que decían que iba a salir bien, y con todo el cagazo pero confiando, hicimos el bolo. Al terminar no me podía creer que aquello saliera tan increíble como salió. La madre de uno de los dueños nos dijo que era el mejor concierto que había escuchado en todos los años que llevaban haciendo allí música, y nos llegaron felicitaciones varias de los comensales que incluso se levantaron a hacerse fotos con nosotros.
Más o menos en esos días de ensayos y estrés, contacté por Facebook con una chica que alquilaba habitación (disponible desde julio). Le dije que si seguía libre para septiembre, que me lo dijera porque me interesaba mucho (a saber: piso todo exterior, a compartir con dos personas más, habitación con baño privado, 300 € + 30 € de gastos cada dos meses, séptimo con ascensor y en el barrio de Delicias). Lo tenía todo y más. Pero era para entrar en julio. Por cosas de la vida, la chica me contó que la casera podía esperar hasta el 15 de agosto con tal de que los inquilinos estuvieran a gusto con la persona que entrara, y se ve que a ella le caí lo suficientemente bien, porque me dijo que si lo quería era mío. Ella es actriz, como yo y tiene 30 años (lo cual mola por afinidades) y vive también un chico fotógrafo y una perra tamaño mini. Hablé con la casera y me dijo que me lo guardaba sin problema para el 15 de agosto y que la fianza podía pagarla tranquilamente a finales de julio (lo cual fue otra suerte porque así me da tiempo a juntar la pasta).
En cuestión de nada me vi con piso en Madrid y con nueva banda para salvar el trabajo del verano. Sin contar con que la compañía de teatro madrileña El Dragón Estragón cuenta conmigo para empezar a trabajar en septiembre como un miembro más. Vamos a montar "Tres Sombreros de Copa", y me han dado el papel de Paula. Hicimos una primera lectura cuando estuve en Madrid y el dire, Tito, quedó encantado conmigo hasta el punto de sugerir hacer otro montaje juntos.
Puede que haya mucho de suerte en todo esto, pero hay quien dice que la suerte no existe sino que la buscamos nosotros, y por una vez me anoto un tanto en ese sentido. Porque me he tirado horas y horas mirando pisos en internet, porque me fallaron los compañeros de The Happy Fish y aunque me vine abajo, en seguida busqué la alternativa viable, porque he estado en contacto con gente de Madrid, buscando curro, asistiendo a castings, dándome golpes contra la misma pared... y si de pronto tengo el piso perfecto, una banda de rock que funciona, y trabajo en una compañía teatral no es sólo un golpe de suerte; algo habré generado yo...
No sé cómo se va a desarrollar el resto del verano con los conciertos, si alternaré The Happy Fish con Beba & Los Rockafeller (dependerá un poco de lo que digan los dueños del restaurante), si encontraré curro aunque sea de camarera para seguir juntando pelas... no sé nada, y nada depende exclusivamente de mí, pero moveré los hilos que hagan falta.
Y con este nuevo entretenimiento que es mi banda de rock, con Weeds, con TV de pago, "El Pijama" y alguna que otra cosilla más, echo los días y las noches contenta. Hasta la fecha está todo bien, pero no me relajo... tanta felicidad me asusta.





domingo, 25 de junio de 2017

Lo que se aprende al final

Qué tristes son los puntos finales. Escribir una historia, darle forma, recorrerla y saber que en algún momento la tienes que acabar (The End). Obligada a cerrar capítulos por circunstancias que no puedo manejar y con la certeza de que no he cambiado nada, ni para bien ni para mal, me veo otra vez en el final de un trayecto a ninguna parte, aceptando que así son las cosas, que no se puede moldear como si fuera plastilina lo que está hecho de acero (más oxidado que inoxidable) y que soy un ave de paso en nidos ajenos.
La búsqueda de piso en Madrid va perdiendo motor. Antes tenía claro lo que quería, dónde lo quería y a qué precio lo quería. Ahora me da un poco igual. Lo más barato posible y en cualquier zona (estoy sola igualmente). Tampoco tengo prisa ya. Lo quería para septiembre pero a no ser que me necesiten para trabajar, no me importa irme en octubre o cuando encarte. El verdadero problema de dejarlo mucho es que habrá menos oferta pero quizás así sea más fácil decidirme por algo. Y si Madrid no me llama, ni hablar de otros lugares... Tal vez el único horizonte que deba buscar sea aquel que me incluya sólo a mí, sin factores externos influyendo en cada paso.
Vuelvo sin saber muy bien con qué intención. Ni siquiera sé cómo sentirme. No funciono bien sin ilusión, sin un motor que me mueva, y por alguna razón (o por la suma de muchas) el motor no responde. Es como si supiera que juego a perder y aún así juego (las cartas están echadas, no hay marcha atrás). Me gusta la gente sincera pero no la que por ser sincera dice más de lo necesario (sincera pero con tacto). Que mientras yo no sé qué hacer para sacar lo mejor, otros se empeñan en sacar lo peor. Que mientras yo me afano en ocultar mis defectos, otros alardeando de ellos. Y aunque no me guste lo que veo, quizás sea mejor así, pisar la tierra de nuevo y no ignorar la realidad. Una realidad que me repele inevitablemente porque sé a dónde conduce (ya he estado allí) y sé que no puedo ni quiero lidiar con eso, aunque para ello tenga que renunciar a tantas cosas bonitas. Sola tal vez, pero no para siempre. Sola del todo, pero mejor que sola a medias. Dispuesta a ser abatida, pero por una buena causa... y por última vez.
Porque creo que esta vez sí he aprendido algo.

jueves, 15 de junio de 2017

Cada uno es cada cual

El pasado 8 de junio, alrededor de las nueve de la noche, hizo 35 fucking años que me sacaron al mundo a la fuerza (en el sentido estricto de la palabra). No ha sido el cumpleaños más feliz del mundo, seguramente porque cada vez estoy más vieja y más renegada, pero estuvo equilibrado en sorpresas. Me llevé alguna alegría de gente que creía alejada y que sin embargo, en la sombra y sin hacer ruido, te escriben para decirte que siguen ahí, o te llaman para decirte "te quiero mucho"; también hubo decepciones al esperar más de otros a los que te sientes más unida y se limitaron a un triste saludo. Cada uno es cada cual y, de una forma u otra, lo demuestran. Pero querer es aceptar a las personas como son, y en eso soy buena. Tengo la suerte de estar rodeada de gente que también me quiere a mí sin condiciones, con mi malafollá, mis gritos, mis quejas y mi fatalismo innato, porque se quedan con esa otra parte de mí que es divertida, apasionada, confiable y cariñosa. Los que entienden que soy fuerte para poder con todo, pero que me hieren con facilidad. Que no lloro delante de nadie pero que a solas no me aguanto una lágrima. Los que me conocen lo suficiente para no dejarme sola aunque yo diga que eso es lo que quiero, porque ellos llevan razón y lo mío es orgullo... No hay nada mejor que poder ser tú y que te quieran por eso, y si encima hay reciprocidad, tienes un tesoro. Eso es lo que dejaré aquí cuando me vaya, aunque aquí seguirán cuando venga de visita.
Junio está siendo el principio de un puzzle que no terminaré de armar hasta septiembre u octubre. Entre la búsqueda de piso en Madrid, trabajos, bolos y viajes me veo haciendo encaje de bolillo para cuadrarlo todo: un piso que se adecue a mis preferencias, un trabajo que no me pise bolos y bolos que no me impidan trabajar en algo más para poder ahorrar. Ahora estoy tiesa aunque en realidad me deben dinero por todas partes (claro que yo también estoy debiendo algo). Cuando pase el verano llegarán los estrenos: se estrena el documental, se estrena el corto que rodé en Jaén el pasado fin de semana, se estrena "El Pijama" de Jalea Teatro y se estrena mi nueva vida en Madrid. Así que aprovecharé estos tres meses para apegarme a todo lo que tengo aquí, sin soñar demasiado con otros horizontes y sin esperar nada por parte de los que están fuera de mi entorno. Aprovechar que me llaman para ofrecerme proyectos, para formar compañía, para darme bolos, para ayudarme a trabajar. Porque si trabajo no pienso, y si no pienso no me agobio.
Hay días que me siento más desubicada que otros, y todo viene de la mala sensación que me deja el pensar que me estoy equivocando con algo (o con alguien). Es como un efecto dominó. Todo en mi vida está en un equilibrio tan precario últimamente que cuando algo se cae se lleva por delante todo lo demás. Y no debería permitir que algo aislado que se tambalea amenace al resto, pero es una cuestión de energía difícil de controlar. Puede que mi propia visión nefasta de las cosas me impida ver algo más allá, pero basándome en hechos que desconciertan no puedo más que desconfiar. No hay lugar para el insomnio porque los días, con sus interminables tareas, no me dejan darme a ese enloquecedor placer, así que miro para otro lado e invento lo que sea para no releer el pasado, para no hacer caso al presente y para no agobiarme con el futuro. Y supongo que a estas alturas, un salto más sin red (probablemente el último de los que llevo ya dados) me lo puedo permitir.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Lanzar la pelota

Cae por su propio peso aquello que no sostenemos con firmeza. Se caen proyectos, ilusiones, expectativas. Se caen los planes que hacemos mucho antes de intentar si quiera llevarlos a cabo. Se caen los ideales, las fantasías ocultas, el pudo haber sido y no fue. Añoramos a personas que no son reales, y añoramos cosas que ni han sucedido. Demasiada distancia, demasiado distante (y hay que comprender las razones...). Pero no merezco más que las migajas que recojo y la indigestión que me provocan, y si me quejo lo hago con la boca chica.
A punto de caerme encima los 35, es jodido ver lo rápido que pasan los años habiendo días tan largos, semanas tan lentas, meses tan eternos... Sé lo que necesito, y me jode reconocer que lo único que me levanta un poco el ánimo últimamente es el mismo objeto capaz de hundirlo. Es por eso que debo cambiar ese objeto. No importan las razones si no puedes comunicarlas, porque de nada sirve en mi caso andar mendigando atención si ésta es forzada, y en cuyo caso sólo conseguiría dañar mi orgullo. No... mejor dejar que se ahoguen las razones, que el tiempo pase despacio y que olvidar valga la pena.
Sé que algo me agobia cuando me desborda de tal modo que me arranca de la silla y me hace salir a caminar sin rumbo. Y que yo salga a caminar sin tener que ir a algún sitio es como para preocuparse. Y puedo hacerlo una vez, dos, tres... pero no me veo capaz de enfrentarme a ese nivel de ansiedad durante todo un verano. Necesito trabajar, juntar dinero, encontrar un piso decente que probablemente tendré que compartir con otro ser humano con rarezas y manías propias, y luego seguir trabajando en una ciudad que desconozco y en algo que no me guste para pagar un dineral de alquiler por algún zulo de mala muerte, mientras peleo por hacerme un hueco en el abarrotado mar de la interpretación donde hay centenares de peces buscando lo mismo, y más de un tiburón con billetes dispuesto a acabar contigo.
Cada vez que visualizo la idea de vivir en Madrid me inunda una sensación de desarraigo muy triste y, a la vez, el deseo esperanzador de plantarle cara al miedo y que me salga bien. Y si las cosas pasan por algo, tal vez el objeto de mi deseo no haya sido más que el hilo conductor que me lleve al cambio. Tal vez era esperar demasiado que significase algo más. Mejor dejarlo estar, lanzar la pelota al otro campo y no confiar en que te la devuelvan. Así se desvanece. Así se sumerge en el mismo océano del que salió. Así va cayendo por su propio peso. Así, sin agobios.

domingo, 21 de mayo de 2017

La primavera de Madrid

"Life is about risking everything for a dream no one can see but you", dice Bernard Hiller. No concibo a un artista sin sentimientos, que no se derrame en sangre y lágrimas de vez en cuando, que no tenga miedo al miedo, a la incertidumbre, al rechazo o a la desazón y que aún así no se arriesgue a vivir con ello. Somos tan jodidamente frágiles que nos encerramos en una burbuja protectora para sentirnos a salvo de lo ajeno, sin pensar que ahí dentro hemos de convivir con nuestra propia mierda, con los fantasmas del pasado y con la soledad abrazada a la espalda.

Estoy feliz de haber tomado la decisión de escaparme una vez más al no saber qué va a pasar, pero triste por haber desembocado en el mismo manantial de dudas, de silencio y de resignación. Porque no fue suficiente (ya lo creo que no) y todo lo que me traigo es justo lo que tengo que olvidar. Las noches se desbordan ahora de escasez, y la desidia es la nueva regla de este sórdido juego de pasar de todo. Ni una palabra de más ni una de menos, vamos midiendo los pasos para no tropezar. Y yo, acostumbrada a rodar por los suelos, hubiera dado mis pies destrozados mil veces más por encontrar a mi lado la más ínfima señal de complicidad. Pero está tan de moda cerrar el corazón a okupas intrusos, que se nos olvida airearlo de vez en cuando, no vaya a ser que en un descuido se cuelen por la ventana. Está tan de moda callar lo que sentimos que todo parece haberse vuelto superficial y vacuo, como si expresar un sentimiento fuera señal de debilidad de espíritu, de ñoña estupidez sensiblona, de torpeza emocional. Tan de moda el yo, mi, me, conmigo que alrededor sólo vemos las sombras de lo que somos y no hay un  a quien añorar. De pronto un día, imágenes que hieren, palabras que confunden, el ya no te sigo, el ya no me gusta y el así soy yo. Y de nuevo a pedirle el favor al tiempo de que pase rápido y se lo lleve todo, pero que esta vez no me traiga nada a cambio (me he cansado de eso). El reinicio en estos casos va más lento que el de mi ordenador y es más complicado que apretar un botoncito.



Ojalá fuera más fácil saber qué hacer cuando no tienes idea de lo que debes hacer. Ojalá fuera más fácil hacerle caso al sentido común. Resignada a buscarme otro pasatiempo, y aceptando el principio del fin de tantas cosas, sólo puedo esperar que lo que pase sea lo mejor que podía pasar. Si la vida fuera una timba de póquer yo ya estaría arruinadísima, pero ahí sigo, apostando. Claro que cuando te dan en las narices con las peores cartas lo más sensato es retirarse y esperar mejores cartas la próxima vez. Sensatez... qué palabra de mierda. Sin dinero, sin esperanza pero, sobre todo, sin ilusión no debería dejarme arrastrar por la fantasía de que salga bien lo que pinta mal, pero ya lo he hecho. Y lo he hecho porque me debo a mí misma la honestidad que me he negado. No pienso doblegarme ante la frivolidad y la apatía. En mi mundo, pese a todo, y aunque a veces se esconda tras las nubes negras, aún hay color, y es todo lo que eché en la maleta. Si no fue suficiente lo lloraré en silencio, pero al menos lo intenté.



"EnZima de mí" ganó el tercer premio en el II Certamen de Microteatro La Parata el pasado 6 de mayo. Es una buena forma de cerrar un ciclo. Ya lo que me espera es un verano largo y solitario sin mucho trabajo y con mil necesidades. Y me guardo en el disco duro interno la silueta dibujada en el sofá, los acordes fragile de Sting, el pelo enredado en los dedos, Carolina in my mind, el indecente olor de la mañana, las risas aisladas,  y el sabor a sal. Porque aunque ahora no pueda verlo, sé que cuando el verano pase, con todos sus males, podré mirar atrás y dar las gracias a la vida por la primavera de Madrid.